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lunes, 27 de diciembre de 2010

Rudolph, El Reno de la Nariz Roja

Nota Previa: Esta entrada es continuación de otra titulada Niños, hay una sorpresa debajo del árbol... Quizás, antes de leer esta,  deberías de leer la anterior (hazlo pulsando aquí).

Mr. Claus


Crónica de una mañana de Navidad: 26 de Diciembre a las 13:00 hrs.
He dormido poco y mal: tengo que reconocer que lo sucedido logró alterar mis nervios y el resto de la noche lo he pasado metido en la cama pero sin lograr conciliar apenas el sueño. Tan sólo durante quince o veinte minutos, a eso de las siete de la mañana, mis párpados cayeron vencidos por la fatiga.

Ya después, aunque despierto, no tenía el valor suficiente para levantarme e ir al comedor. Eran las ocho y cuarto cuando los niños empezaron a cuchichear entre ellos. Al poco los oí corretear por el pasillo, camino del comedor. En contra de lo que cabía esperar, sus exclamaciones no fueron distintas de las que habíamos escuchado en años anteriores, en un día como hoy, con los regalos de Santa Claus en el salón: los niños hablaban entre si nerviosos, pero contentos. y se les oía romper papel de regalo. También se escuchó la voz mecánica de una muñeca: "¿Quieres jugar conmigo?". Decidí levantarme y ver qué ocurría allí.

Nada. No ocurría nada distinto de lo que, por el sonido, cabría imaginar. El árbol, aquel árbol donde dejé agonizando a aquel pobre desgraciado, no tenía nada extraño debajo... algunos regalos sin abrir, papel de regalo arrugado y.... nada más. No había rastro del gordo vestido de rojo. Ni de su estúpido reno.

Respiré alividado. ¿Habría sido todo una terrible pesadilla? Quizás el exceso de comida y de bebida me habia provocado esa terrible y cruel ensoñación. Sí, sin duda fue eso. Cuando quedé convencido de mi explicación, en ese justo momento, el día amaneció realmente para mi: cambió la luz, las risas y los juegos de los niños comenzaron a ser el más dulce de los sonidos, me gustaba escuchar los villancicos que sonaban de fondo y... me sentí feliz. Feliz y alividado.

Los niños comenzaron a mostrarme los juguetes que Santa Claus les había traído. Fui al trastero a por unas pilas y un destornillador, para montar el Garaje Hot Wheels del pequeño. Al volver, mi hija me esperaba con un paquete en la mano:

- Mira, papi, Santa Claus también ha dejado un regalo para ti...

Era un pequeño paquete, de unos veinte centímetros de largo por nueve de ancho, más pesado de lo que podía esperarse por sus dimensiones. Rompí el papel de regalo sin reparar demasiado en él. Reconocí el contenido en cuanto empezó a quedar liberado del papel que lo envolvía. Sin embargo, leí la etiqueta para asegurarme: "25 Cartuchos - Calibre 9 mm. (largo) para pistola automática - 25 Automatic Cartridge Pistol". Era una caja de munición para mi Llama 380 automática de 9 milímetros, esa que me habían echado los Reyes Magos el año pasado y que, en ese maldito sueño de la noche pasada, yo había usado contra el intruso del salón. Un sudor frío empezó a recorrer mi espalda... un sudor que se transformó en un profundo malestar cuando me fijé en el papel que envolvía la caja de munición. Era un papel blanco, con unos dibujos estampado en un rojo muy brillante. Los dibujos, no me cabía duda, eran huellas de la pezuña de un animal, estampadas de modo asimétrico... en rojo, sobre un fondo blanco. Eran marcas de pezuña de reno. El gordo vestido de rojo y el estúpido animal que le acompañaba me estaban mandando una señal, un aviso...

De fondo, sonaba una alegre música navideña... era Rudolph The Red-Nosed Reindeer. Aquel sonido retumbaba en mis oídos como la más burlona y malvadas de las risas. Notaba la sangre bullir impetuosa por las venas y los capilares de mi cabeza, intentando reventar mis sienes. Presentía que, en unos instantes, mi cabeza iba a explotar. Cogí la caja de munición que me había traído Santa Claus, acto seguido fui a la mesita de noche a por la pistola que me habían regalado los Reyes Magos y, con ambas cosas... me dirigí al cuarto de baño. Cerré la puerta tras de mi y eché el pestillo.

Sonó un disparo... mi presentimiento se había cumplido.

Fotografía: Mr. Santa

domingo, 26 de diciembre de 2010

niños, hay una sorpresa debajo del árbol...

Navidad Hortera

Crónica de urgencia de un 25 de Diciembre a las 4:13 A.M.

Estaba recién acostado, después de la cena de Nochebuena. Ya casi vencido por el sueño, un ruido extraño me ha hecho saltar de la cama... Instintivamente he buscado en la mesita de noche la "Llama 380 automática" de 9 milímetros que me echaron los Reyes Magos el año pasado. He salido  con ella al pasillo, descalzo, sin ropa, aún medio adormilado... de pronto una sombra se ha movido rápidamente entre los sillones del comedor y he disparado... una... dos... tres veces...

Ahora hay un tipo gordo, con un extraño atuendo rojo y blanco, desangrándose junto a mi árbol de Navidad... y un reno tembloroso permanece junto al él, lamiendo su barba blanca...

Debería llamar al 091, pero no son horas:  la casa se llenaría de policía, el juez vendría para el levantamiento del cadáver, luego los de la funeraria, me llevarían a comisaría a prestar declaración, la protectora de animales se personaría para retirar al reno, tendría que dar un montón de explicaciones  convincentes y firmar muchos papeles... No, mejor dejarlo todo tal cual. Ir a la cama y... mañana será otro día. De todos modos no creo que este pobre gordo dure mucho.

El único inconveniente es que... "la sorpresa" que ahora hay debajo del árbol de Navidad no es la que mis hijos esperan encontrar cuando, esos dos diablillos, se despierten ilusionados al amanecer... Eso es seguro.

Fotografía: Navidad Hortera
Autor: Landahlauts

jueves, 4 de noviembre de 2010

crónica de una muerte anunciada

En condiciones normales, a estas alturas de año la producción tendría que estar situada en niveles máximos. Las cadenas de montaje y ensamblado deberían estar funcionando de día y  de noche en tres turnos continuados de ocho horas cada uno, durante siete días a la semana. Los pedidos deberían de amontonarse, uno tras otro,  en espera de ser preparados, facturados y enviados. Así sin parar, hasta finales de diciembre

Y, aunque las previsiones eran desde principios de año poco halagüeñas, por su cabeza jamás pudo pasar que llegaran a ser tan, tan negativas. Quizás por eso no ha reaccionado nada bien. Desde hace un mes, más o menos, Nicolás empezó a mostrar un caracter agrio, se negaba a levantarse de la cama por las mañanas, dormía hasta las dos de la tarde... y cuando hacía, dedicaba el tiempo a beber vodka hasta desfallecer. Pero lo peor estaba aún por llegar: hace tres semanas sus asesores le indicaron la conveniencia de no contratar personal eventual y deshacerse de buena parte de la plantilla: "al menos, un cincuenta por ciento" le dijeron. El día en que comunicó la reestructuración a Rodolfo, buen amigo (hasta entonces) y presidente del comité de empresa, se armó un follón terrible. Las voces se podían oir hasta en los almacenes, se faltaron al respeto y, hay quien dice, que llegaron a las manos. A raíz de aquello no ha sido raro verlo solo, deambulando borracho por la fábrica, cubierto de suciedad y apestando a vómitos y orines, mietras trataba de "mantener una conversación" de contenido filosófico con un descomunal oso de peluche.

Hace una semana su hija aprovechó el malestar reinante: tomó el poder del emporio y la dirección del Consejo de Administración. Entre las primeras medidas tomadas por el nuevo Consejo se encontraban la de confirmar a los sindicatos el Expediente de Regulación de Empleo y... el envío de un burofax. El destinatario de aquel burofax no era otro que su propio padre, el fundador de la compañía,  en él se le informaba de que su vinculación laboral con la empresa cesaba de forma inmediata "por su bajo rendimiento, así como por las reiteradas e injustificadas faltas de asistencia al trabajo". Aseguraban que "su actitud negativa les había forzado a tomar la determinación irrevocable de despedirlo, no sin agradecerle los servicios prestados", y ofreciéndole un finiquito liquidación de 8.253'63 euros en concepto de indemnización máxima, a razón de 45 días por año trabajado, junto con 788'07 euros netos "en concepto de liquidación, saldo, finiquito y nómina".

Coincidiendo con el despido de Nicolás, Rodolfo pasaba a tener un cargo de confianza como adjunto a la gerencia: jamás volvería a verse dirigiendo su pequeño departamento, de siete subordinados, con los  que atendía las labores de reparto por esos mundos de dios... Dasher pasaba a ocupar el puesto que, hasta este momento, había ostentado Rodolfo.

Hoy no lo habían visto durante todo el día. Nadie sabía de él y, lo que es peor, a nadie echaba de menos su ausencia, ni siquiera su esposa (se hacian conjeturas sobre una posible ruptura de la pareja, y así lo había publicado algún tabloide inglés). Y, esta tarde, uno de los vigilantes lo encontró en los bloques de pisos abandonados, esos que eran el hogar de muchos de los trabajadores despedidos y que ahora se encontraban deshabitados. "Hay un vagabundo aquí, en el bloque C. Está muerto, colgado de una cuerda"

Santa Claus e' morto

A pesar del terrible suceso, el suicido de Nicolás, la actividad en la factoría no se ha visto seriamente afectada. Por parte del Consejo de Administración, se han mandado unas flores al tanatorio y un telegrama de pésame a la Sra. de Claus, ahora viuda de Claus. Su hija no ha querido hacer declaraciones, aunque fuentes cercanas a su secretaría particular aseguran que no será ella la persona designada por el consejo de administración para representar a la compañía en las honras fúnebres.

La actividad sigue en la gigantesca factoría de juguetes fundada por Santa Claus y situada en la Laponia Finlandesa. A pesar de la crisis y a pesar de la muerte del Sr. Claus....